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Por Javier Vidal Quadras

 

En uno de los grabados de la serie Los Caprichos, de Goya, se puede leer la famosa frase: “El sueño de la razón produce monstruos”. El propio Goya la explica en el manuscrito que se conserva en el Museo del Prado: «La fantasía abandonada de la razón produce monstruos imposibles: unida con ella es madre de las artes y origen de las maravillas».

La fantasía, la utopía, la pasión incontrolada, en efecto, producen monstruos. Pero las mismas facultades unidas a la razón generan bien, verdad y belleza.

Después de los atentados de Niza, todos hemos oído y utilizado las expresiones habituales: es una salvajada, una bestialidad, ¿cómo puede hacer esto un hombre?

Solo el ser humano puede transformarse en un monstruo

Y, precisamente, ahí radica parte del problema, en la dificultad que a veces tenemos para aceptar que solo el hombre es capaz de una barbarie semejante. El animal, la bestia está limitada y condicionada por su propia estructura biológica, que sigue a ciegas, respondiendo siempre de la misma manera a los mismos estímulos. Por eso, el animal nunca se transforma en un monstruo: su propia naturaleza se lo impide. No mata por matar; no acumula riqueza por capricho…

Por el contrario, el ser humano es capaz de lo más alto y de lo más bajo, de lo más loable y de lo más despreciable, de lo más noble y de lo más mísero. Porque su naturaleza no es mera biología, sino cuerpo y espíritu: tendencias biológicas, sí, pero también afectos, emociones, pasiones, y, con ellas, razón, memoria, voluntad. “Inteligencia deseosa” o “deseo inteligente”, como decía Aristóteles.

El dominio de la pasión

Cuando la pasión, cualquier pasión, se separa o se apodera de la razón, produce monstruos capaces de generar el máximo mal posible, el dolor más profundo.

Los santos y héroes de la humanidad han sido grandes apasionados, pero no han renegado de su condición humana, no han vivido ni actuado de espaldas a la razón. El peligro no está en la intensidad de la pasión —un hombre sin pasiones no es un hombre—, sino en la usurpación del papel de la razón por parte del sentimiento. Cuando el sentimiento asume un rol que no le corresponde y dirige a la persona, la razón se pone a su servicio y puede concebir un monstruo inteligente.

¿Cómo evitar que la fantasía humana o la pasión desmedida (¡tan humana!) se separen de la razón?

La familia como antídoto

Apunto un camino: la familia. La familia, sobre todo cuando es estable, nos da la identidad personal, nos ubica en el mundo, nos humaniza. La familia nos otorga la filiación, nos sumerge en la fraternidad, que es la base sobre la que se edifica la futura solidaridad.

En la mayoría de los casos, si se sigue la biografía de un terrorista, de un ‘monstruo’ humano, se descubre un momento en que se produce una ‘desafiliación’, una desafección familiar, un apartamiento. Al asesino de Niza le recuerdan sus vecinos como “solitario, silencioso, cerrado, aislado y de pocos amigos”.

Y el ser humano solo, sin lazos familiares, sin vida de familia compartida se encuentra perdido, no sabe quién es y busca un ‘lugar’ al que afiliarse, hacerse hijo, miembro de un grupo. Y ahí están las organizaciones terroristas, al acecho, para darle un cobijo, un techo de identidad compartida, despertando hábilmente alguna pasión que dirija y controle su vida a expensas de la razón.

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