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Por JAVIER VIDAL QUADRAS

 

Ningún niño cree ya en las cigüeñas, pero sigue habiendo muchos adultos que creen en los matrimonios afortunados (…) entre la realidad de un nacimiento y el vuelo de las cigüeñas existe la misma relación que entre la suerte y el matrimonio: un abismo, afirma Marta Brancatisano en La Gran Aventura.

 

No. No hay matrimonios afortunados. Hay más bien falta de atrevimiento: muchos son los que no se atreven a conseguir lo que desean, advierte Julián Marías, pero hay una falta de atrevimiento más grave y radical: no atreverse a desear porque eso no tiene curso legal, no es lo que se desea. ¡Hay que atreverse a ser feliz! ¡Hay que arriesgarse a amar para siempre!

 

He aquí algunas premisas:

1.- Saber que se ama. Hay mucha gente que piensa que ama, pero no lo hace. Está enamorada del propio enamoramiento, de la emoción de sentirse enamorado, lo cual es muy peligroso, porque el día que mengua el sentimiento (y ese día llega), si no hay una voluntad de la que tirar, la tentación es siempre la misma: esta mujer (o este hombre) ya no funciona, no siento nada…, ¡a por otra! Dicho así suena fatal, pero no nos vamos a andar con eufemismos. Hay que dar un paso más y decidirse a amar, querer querer. Lo dice Manglano certeramente: cuando la voluntad quiere lo que el enamoramiento le propone, entonces nace el amor. Entonces, la voluntad se pone en marcha, no para amar sin sentir (eso, de ordinario, corresponde a la naturaleza angélica, no a la humana), sino para provocar el sentimiento anémico. ¡Sí! ¡Se puede provocar la emoción! Hay que llamar a la pasión (un hombre sin pasiones no es un hombre).

2.- Ser libre. Parece una obviedad, pero no lo es tanto. El matrimonio es sólo para espíritus soberanos, libres, en el sentido pleno de la expresión. Los esclavos no pueden casarse. Un esclavo no puede hacer lo que quiere, porque una voluntad más fuerte que la suya (la de su amo) decidirá su futuro. En cambio, una persona absolutamente libre es capaz de poseerse cabalmente (todo su presente y todo su futuro) para entregarse a otro. Lo expresa con claridad Melendo: la persona dominada por las pasiones, por el ambiente, por los vaivenes de un humor incontrolado, esa persona, si no lucha por dominarse, es incapaz de amar. Sólo quien ejerce el señorío de su propio ser puede, en un acto soberano de libertad, entregarlo plenamente a los otros, al hombre o mujer elegidos. El esclavo no puede amar…, aunque quiera.

3.- Quemar las naves. Cuando uno piensa que hay vuelta atrás, cuando se niega intelectualmente la irrevocabilidad del amor, no hay compromiso psicológico. Y ese compromiso es muy necesario. Hay que determinarse a mantenerse en la relación a pesar de los desengaños. Si quieres que tu cónyuge mejore en algo, cambia tú primero… esto siempre es posible, y no esperes a que lo haga ella, aconseja Borghello.

4.- Casarse para hacer feliz. Decían los clásicos que la felicidad sólo se obtiene per effectum, cuando no se busca. El compromiso en el amor es la felicidad del otro. La propia (en la medida en que se puede alcanzar en esta vida) sólo se encuentra a condición de olvidarse de ella. Es como el sueño en una noche de insomnio: cuanto más empeño se pone en aprehenderlo, más esquivo se hace. Sin embargo, si uno se olvida de él, se levanta, lee o se distrae, entonces el sueño vuelve. La felicidad, igual. Parece una paradoja pero funciona así: cuando hago felices a los demás, soy feliz.

5.- Actualizar el compromiso. Hay que elegir cada día a los que amamos (vale también para nuestros hijos, sobre todo los adolescentes). Y elegir a alguien es preferirlo, destacarlo sobre los demás, aprobarlo interiormente (Rojas). Cada noche tendríamos que poder dar respuesta afirmativa a estas dos preguntas: ¿La he querido hoy? ¿Lo ha notado? Si una de las dos falla, algo hay que revisar.

6.- Presumir siempre la inocencia. Lo enuncia así Beck: aun cuando sus acciones estén equivocadas y me haya hecho daño, supongo que tiene buenas intenciones y no quiere herirme. Si nuestra mente no actúa de esta manera, la paranoia está asegurada. No se puede vivir pensando que los demás hacen las cosas para fastidiarnos. Hemos de conceder el beneficio de la duda: no hacemos las cosas sin una razón, sólo para molestar; ella tampoco.

7.- Conocer y aceptar. Una atenta observación ayuda mucho aunque no siempre es suficiente…, a veces habrá que recabar ayuda (un Curso de Orientación Familiar, por ejemplo) para desentrañar los secretos de la psicología femenina, o masculina. Y sobre todo, es imprescindible aceptarla como alguien distinto de nosotros mismos. No podemos exigir su anulación, porque si el otro se anula, ¿qué nos queda para amar? El regalo más precioso que me hizo el matrimonio fue el de brindarme un choque constante con algo muy cercano e íntimo pero al mismo tiempo indefectiblemente otro y resistente, real, en una palabra (Lewis). Al matrimonio no vamos a perder la personalidad, sino a ganar una nueva.

8.- Ser capaz de mejorar. Hay que traer a casa las cortesías y atenciones que usamos fuera de casa. ¿Acaso no aprenderíamos a conducir por la izquierda si viviéramos en Inglaterra?, ¿o no pasamos con facilidad de los tres pedales del cambio manual a los dos del automático?... Pues en las rutinas domésticas, lo mismo: sólo es cuestión de entreno… y de amor, claro. No hay riesgo de dejar de ser nosotros mismos por ir incorporando o arrancando de nuestro panorama vital aquellos detalles que más gustan o molestan a nuestro cónyuge…, a no ser que confundamos personalidad y manías.

9.- Ser leal. Es mucho más que ser fiel. También Beck lo expresa con contundencia: pondré siempre los intereses de mi cónyuge por encima de los de los demás, lo defenderé si lo critican y nunca tomaré partido con los demás contra él ni me limitaré a ser neutral (aunque creo que esto no afecta a las discusiones sobre fútbol). Caben matices, pero ojo con este aspecto, porque son pequeñas punzadas que se van clavando y hacen mucho daño.

 

En fin, ya sé que se podría…, mejor dicho, se debería decir mucho más, pero esto es lo que da de sí el espacio disponible.

 

Termino con dos ingredientes imprescindibles; sin ellos dos nada de lo anterior es posible. Uno es el tiempo, y, como dice la Brancatisano, no un tiempo de calidad, ni un tiempo robado, ni un tiempo libre, que son tiempos de segunda clase, sino tiempo, sólo tiempo y basta, sin adjetivos. Y el otro es el perdón, sin perdón no hay reconciliación, y sin reconciliación no hay avance. Es mejor acostumbrarse a perdonar, porque erradicar del todo la ofensa no es humano… y, por ahora, somos hombres.

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