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Estas frases hechas sólo nos quieren convencer de algo de lo que no estamos convencidos. No siempre nuestras acciones se alinean a nuestras convicciones. ¿O será que nuestras convicciones no son tan convincentes? Los grandes momentos de satisfacción que vivimos en nuestras vidas se relacionan habitualmente más con experiencias familiares que con logros laborales, a no ser que estos se hayan transformado en una conquista familiar.

            ¿Por qué empiezo este artículo de manera tan particular? Porque no me dejan de sorprender las conclusiones de las investigaciones del proyecto Trabajo y Vida familiar, dentro de ConFyE (Conciliación Familia y Empresa). No puedo negar, tampoco, que cuando las reflexiono me siento bastante identificado.

            Todo el mundo directivo, mujeres y hombres de empresa, tenemos la clara convicción que la demanda laboral va creciendo en forma gradual, los tiempos son cada vez más escasos, los horarios más extensos, los viajes más frecuentes y la complejidad del trabajo cada vez más evidente. Sorprende además, que las más de 50 horas por semana que le dedicamos a nuestra tarea profesional el 92 % de los directivos, no se condice con las apenas 14 horas semanales que les dedicamos a nuestros hijos. La primera conclusión sería más que obvia. Le dedico más tiempo a lo que más me satisface, donde más a gusto me encuentro.

Pero esa lógica no es tan lógica. Ya que cuando se le pregunta a la gente  “¿Qué es lo que lo hace sentirse mas satisfecho?”, las respuestas son elocuentes. La familia tiene su lugar preponderante, con más del 70% de aceptación. Y si hacemos una división por edades, el impacto de la satisfacción en  la vida familiar se marca de  forma más clara en los directivos de mayor edad, y  si dividimos por hombre-mujer, la ponderación no es muy dispar. Sin duda es en casa donde uno se siente más a gusto.

            Ahora debemos pensar el porqué, entonces estamos tanto tiempo fuera de casa, quizás más de lo necesario. La pregunta siguiente es inevitable: ¿Cuál es la principal motivación que los impulsa actualmente a trabajar ?. En ese caso las mayoría responde: “Para formar una base economica que me permita vivir tranquilo”, “Para obtener el sustento economico que necesito”, y “Porque me gusta lo que hago” en menor medida.

            La relación que existe entre los principales aspectos de satisfacción personal y los motivos que nos impulsan a trabajar, ¿son compatibles o están disociados? El trabajo se ha transformado para la gran mayoría en un medio de consolidación del patrimonio, de sustento económico. Nos estamos transformando, sin quererlo, en los proveedores de recursos familiares, el CFO que consigue los fondos. Y lo hacemos a gusto.          

            La percepción que tenemos la mayoría de buscar a través de nuestro trabajo una base económica que “nos permita vivir tranquilos” no debería ser incompatible con el sentido de satisfacción que notamos en familia. ¿Será quizás el patrimonio, nuestra forma de “remunerar y agradecer” esa satisfacción a la vida familiar? ¿Será quizás que no sabemos como hacer eficiente nuestro tiempo en casa  y sí en el trabajo? ¿Será quizás, por último, que aún no hemos descubierto a nuestra mayor dedicación a la familia como medio de retribución?

            Los hombres somos seres hechos de materia y espíritu. Por ese motivo no es malo que el hombre posea bienes, sino todo lo contrario, los necesita. El alimento, la vestimenta, el esparcimiento, la vivienda, un poco de merecido confort, etc. El camino más directo para hacer feliz a los nuestros lo hemos encontrado en brindarles esos bienes. Y hasta a veces nos hemos convencido que cuanto más mejor.

            Yo no estoy tan convencido de la conocida frase: “Al hombre hay que valorarlo no por lo que tiene sino por lo que es”. Los hombres necesitan tener, para poder desarrollarse, personal y familiarmente. La pregunta no es “cuánto” tengo, sino “cómo” lo tengo. La frase propuesta sería: “Al hombre hay que valorarlo no por lo que tiene, sino por cómo tiene lo que tiene”. Si bien no es tan fácil de repetir cómo la anterior, podemos decir que “sabremos como eres si vemos como tienes”.

            Y por esto, quiero compartir contigo algunas ideas que nos pueden ayudar a seguir dándole, con criterio, bienes a nuestra familia.

            Los pensadores diferencian cuatro tipos de bienes. Los dos primeros, se caracterizan porque amplían el horizonte de la persona. La hacen crecer y estimulan para que sean “más persona”. Los dos últimos, la encierran en sus propios problemas, la hacen adicta a tener cada vez más, transforman los medios en fines y como consecuencia achican a la persona y no la hacen feliz.

            Estos son:

  • Bienes necesarios: Que es menester indispensablemente, o hace falta para un fin.1 Lo más básico de nuestra vida debe estar satisfecho por los bienes materiales que lo componen. Nadie duda del derecho de todos los hombres a tener un techo, un alimento, una vida digna. Estos bienes son indiscutidos. Quienes por las capacidades que recibieron, y por las oportunidades que les ha dado la vida, han podido tener un desarrollo profesional importante, tendrían quizás la oportunidad de disponer bienes necesarios de distinta entidad que otros. Pero en todos los casos, hay un piso de necesidad para todos y tenemos la responsabilidad en satisfacerlo. Los bienes necesarios corren el riesgo de no ser valorados, hasta que realmente faltan.
  • Bienes convenientes:Útil, oportuno, provechoso.1Hay cosas imprescindibles, otras, que sin serlo, nos ayudan en nuestros fines. A medida que la sociedad evoluciona, la oferta de  bienes nos facilita más nuestro desarrollo. Hoy nadie se imagina una sociedad sin celular, pero hace apenas quince años, no pensábamos que ese invento iba a ser tan útil. De hecho, mucha gente vive sin este aparato, pero para la gran mayoría se ha transformado en un bien útil e importante para su desarrollo.
  • Bienessuperfluos:No necesario, que está de más.1A medida que nuestras capacidades de consolidar nuestro patrimonio van creciendo, podemos correr el riesgo de empezar a darle a los nuestros cosas que, por más rectitud de intención tengamos, pueden ser superfluas y causen un daño en el interesado. Regalos de última tecnología, zapatillas sofisticadas, viajes desproporcionados etc. son cosas que probablemente nos ilusionen llevar en casa y que ellos disfrutarán, pero quizás puedan dejar a la larga una sensación de “demasiado”.
  • Bienes nocivos: Dañoso, pernicioso, perjudicial.1De lo que no tenemos dudas, es que ninguno de nosotros dará a su familia un bien que en conciencia pueda serle nocivo. El problema es que no siempre tenemos plena conciencia del impacto que tendrá en el futuro, lo que hacemos hoy. La repetición de actos nos incorpora hábitos, que si no consolida la relación familiar, se transforma en nocivo. Existe la posibilidad de que nos hayamos acostumbrado a vivir en familia de tal forma que nos estén desviando del buen camino, sin darnos cuenta. Eso puede hacer que esta comunidad se vea dañada en sus relaciones afectivas y se transforme en un grupo demandante de bienes, del que vos serás simplemente en un proveedor de recursos, y cuando falten, serás reprobado en tu función.

            Carlos Llano, profesor de la Universidad Panamericana (México, DF) sostiene que el uso habitual de bienes convenientes, tienden a transformarse en necesarios, como también, el de bienes superfluos en nocivos. Lo que hasta hace unos años era conveniente, hoy puede ser necesario. Ya no se concibe una casa sin una buena dotación de electrodomésticos, medios de comunicación, etc. Hasta nos cuesta pensar cómo nuestras abuelas se arreglaban sin microondas, enceradora ¡y hasta sin secarropas! (aclaro que en una familia numerosa como la mía, el secarropas es un elemento esencial de la armonía familiar). Lo conveniente se hace necesario y la persona crece a través del buen uso de esos instrumentos.  La incursión de la madre de familia en el mercado laboral ha potenciado la necesidad disponer de más bienes necesarios en su casa que le permitan hacer eficiente su tiempo para llegar a más cosas.

            Pero la otra cara de la moneda existe. Cuántas veces hemos corrido el riesgo de pasar, sin quererlo, de lo superfluo a lo  nocivo. Quizás sin saber que estábamos en lo superfluo. Demasiados bienes innecesarios; gastos evitables; extensos, repetitivos y caros viajes que ya no sabemos como desactivar, etc. pueden ser algunos ejemplos que nos tengan prevenidos para no caer en ese vicio de “tener por tener”. Se llega a esas cosas de a poco, sin darse cuenta, cuando se dio el paso. Bajo la imagen de querer dar porque se lo merecen, podemos terminar dando lo que no se merecen.

            No tenemos dudas que todos queremos intentar dar a los nuestros las cosas necesarias, y evitar por sobre todo los bienes nocivos. Por eso nuestro desafío está en saber diferenciar lo que es conveniente y lo que es superfluo. Una delgada línea divide ese mundo pero un gran abismo separa las consecuencias que producen. Estamos sobre la cumbrera de un techo a dos aguas. De un lado lo que nos mejora, del otro lo que nos daña. Y muy cerca de la cumbrera lo conveniente y lo superfluo. Y nosotros, con nuestro afán de trabajar mucho para consolidar nuestro patrimonio familiar y darles a los nuestros lo que los hace felices. Sin darnos cuenta, llegamos a medir esa felicidad por cantidad de cosas que reciben. Y pasamos al otro lado del techo, al mundo de lo superfluo. Y rectificamos, y volvemos del lado que no debemos salir, y así vamos actuando.

            Por último, una idea quizás obvia. No dejemos de tener en cuenta que el bien más necesario que debemos dar a nuestra familia es nuestro tiempo. Es el único bien que, una vez perdido, no se recupera. Sólo a partir del convencimiento que las cosas necesitan dedicación para su desarrollo, podremos estar seguros que  llevando una vida armónica entre nuestro tiempo laboral y familiar, podremos darle a los nuestros, los bienes necesarios y convenientes para su mejor formación, porque los bienes que poseemos son, en definitiva, medios para crecer como personas.


Guillermo Fraile

1 DICCIONARIO DE LA LENGUA ESPAÑOLA

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